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Qué está pasando con el mundo

Actualizado: 27 abr

La pregunta que todo el mundo se hace y que ningún marco disponible puede responder desde el nivel donde ocurre


Hay una pregunta que se repite en millones de conversaciones, en todos los idiomas, en todas las latitudes, con una insistencia que revela algo más que curiosidad o preocupación coyuntural. Qué está pasando con el mundo. Yoly Romero argumenta que esa pregunta no encuentra respuesta satisfactoria en ningún marco disponible — ni político, ni económico, ni psicológico, ni espiritual — porque lo que está ocurriendo no es un problema dentro del mundo tal como lo conocemos sino una mutación del régimen perceptivo desde el cual ese mundo fue construido, habitado y sostenido durante los últimos siglos.


La pregunta circula con una frecuencia que debería llamar la atención de cualquier observador mínimamente atento a los patrones de la conciencia colectiva. Qué está pasando con el mundo. No la formula solo quien sigue las noticias o analiza los mercados o estudia las tendencias geopolíticas. La formula también quien no tiene ninguna formación en esos campos pero percibe, con una claridad que no necesita datos para sostenerse, que algo ha cambiado en la textura misma de la realidad, que las cosas ya no funcionan como se supone que deberían funcionar, que las explicaciones que se ofrecen desde los marcos habituales no alcanzan a tocar lo que se siente, lo que se percibe, lo que el cuerpo registra antes de que la mente logre articularlo en una narrativa coherente. Esa percepción difusa pero persistente no es histeria colectiva ni ansiedad patológica ni el resultado de una sobreexposición a la información negativa. Es la manifestación de algo que está ocurriendo en un nivel que los instrumentos de análisis disponibles no están equipados para leer, un nivel anterior a los contenidos que esos instrumentos manejan, un nivel que tiene que ver no con lo que ocurre en el mundo sino con el régimen perceptivo desde el cual el mundo es experimentado como mundo.


La civilización contemporánea produce una serie de paradojas que, tomadas individualmente, pueden explicarse con los marcos analíticos habituales, pero que tomadas en conjunto revelan algo que ninguno de esos marcos puede capturar. La mayor riqueza acumulada en la historia de la especie coexiste con una experiencia masiva de precariedad que no se reduce a los sectores económicamente desfavorecidos sino que atraviesa todas las capas sociales como una inseguridad existencial que el bienestar material no logra aliviar. La mayor conectividad tecnológica jamás alcanzada coexiste con una epidemia de soledad que la Organización Mundial de la Salud ha reconocido como una crisis global de salud pública. La mayor cantidad de información disponible en la historia coexiste con una incapacidad creciente para distinguir lo verdadero de lo fabricado, lo significativo de lo ruidoso, lo que importa de lo que simplemente captura la atención durante unos segundos antes de ser reemplazado por el siguiente estímulo. La expansión simultánea de derechos formales coexiste con un declive sostenido de la experiencia de sentido, como si la libertad de elegir se hubiera convertido en la obligación de elegir sin que ninguna elección produzca la satisfacción que promete.


Lo que está ocurriendo no es un problema dentro del mundo tal como lo conocemos. Es una mutación del régimen perceptivo desde el cual ese mundo fue construido.

Cada uno de estos fenómenos ha sido analizado con rigor por sus respectivas disciplinas. La economía tiene explicaciones para la desigualdad. La sociología tiene teorías sobre la soledad. La epistemología tiene marcos para entender la crisis de la verdad. La psicología tiene diagnósticos para la pérdida de sentido. Pero lo que ninguna de esas disciplinas puede hacer, operando desde sus propios supuestos y con sus propios instrumentos, es leer la simultaneidad de todos esos fenómenos como expresión de un mismo proceso — un proceso que no ocurre en el nivel de la economía, ni de la sociología, ni de la epistemología, ni de la psicología, sino en un nivel que las atraviesa y las precede, el nivel donde se configura la percepción misma desde la cual cada una de esas disciplinas organiza su lectura del mundo. Ese nivel es lo que el Frecuencialismo llama frecuencia — el patrón organizador que determina qué es visible, qué es significativo, qué es pensable y qué es posible dentro de un régimen civilizatorio dado.


La tesis que el Frecuencialismo propone para responder a la pregunta de qué está pasando con el mundo es precisa y tiene consecuencias profundas. Lo que está ocurriendo no es una crisis más dentro de la serie de crisis que la civilización moderna ha atravesado y superado a lo largo de su historia. No es una recesión económica que se corregirá con las políticas adecuadas, ni un conflicto geopolítico que se resolverá con los acuerdos correctos, ni una crisis de valores que se remediará con más educación o más conciencia individual. Lo que está ocurriendo es la saturación de la frecuencia civilizatoria dominante — la frecuencia que organizó la percepción, las instituciones, las relaciones, la economía, la política, la espiritualidad, la identidad y la experiencia del sentido durante los últimos siglos. Esa frecuencia, que produjo logros genuinos e innegables, ha llegado al punto en que ya no puede producir más de lo que es capaz de producir, y todo lo que intenta hacer desde su propia lógica — más crecimiento, más conexión, más información, más derechos, más opciones — intensifica las paradojas en lugar de resolverlas, porque las paradojas no son fallos del sistema sino los síntomas de un sistema que ha alcanzado el límite estructural de su capacidad.


Entender esto cambia radicalmente la relación con lo que se percibe como caos. Si lo que ocurre es una crisis dentro de un sistema que funciona, la respuesta lógica es reparar el sistema, ajustar sus variables, corregir sus desviaciones. Si lo que ocurre es la saturación del sistema mismo, del régimen perceptivo desde el cual el sistema fue construido, la respuesta no puede ser reparar lo que no está roto sino en un sentido convencional — está saturado, que es algo estructuralmente diferente. La saturación no es un fallo. Es el punto en que una forma de organización ha cumplido su ciclo completo, ha producido todo lo que su estructura le permitía producir, y comienza a generar contradicciones internas que no se resuelven con más de lo mismo porque son el resultado de lo mismo, la consecuencia lógica e inevitable de llevar una frecuencia hasta el límite de lo que puede contener.


Lo que ningún marco analítico puede hacer por sí solo es leer la simultaneidad de todas las crisis como expresión de un mismo proceso — la saturación de la frecuencia civilizatoria dominante.

La historia ha atravesado procesos análogos antes, aunque nunca a esta escala ni con esta simultaneidad planetaria. Cada transición civilizatoria mayor — del mundo antiguo al medieval, del medieval al moderno — fue experimentada por quienes la vivieron como un caos incomprensible, como el fin de todo lo conocido, como una pérdida irreparable del sentido y la coherencia. Y en cada caso, lo que ocurría no era la destrucción del mundo sino la saturación de una frecuencia que daba paso, a través de un período de desorganización y reconfiguración, a otra frecuencia capaz de organizar la experiencia de maneras que la anterior no podía. Los que vivían dentro de la frecuencia que se saturaba no podían ver lo que venía, porque sus instrumentos de percepción pertenecían a la frecuencia que se retiraba. Solo cuando la nueva frecuencia se consolidó pudieron las generaciones siguientes mirar hacia atrás y reconocer que lo que pareció destrucción fue transición, que lo que pareció pérdida fue condición de posibilidad.


La diferencia entre la transición actual y las anteriores es que esta es la primera que ocurre de manera simultánea a escala planetaria, la primera que afecta a todos los sistemas de organización al mismo tiempo, la primera en la que la humanidad entera está involucrada como sujeto del proceso y no solo las poblaciones de una región particular del mundo. Esa escala sin precedentes produce una intensidad de la experiencia de saturación que tampoco tiene precedentes — la sensación de que todo está cambiando al mismo tiempo, de que no hay zona segura desde la cual observar el proceso, de que incluso los marcos que se presentan como alternativos o críticos participan de la misma frecuencia que dicen cuestionar. Y esa sensación, lejos de ser una exageración neurótica, es una lectura bastante precisa de lo que está ocurriendo — todo está cambiando al mismo tiempo porque lo que cambia no es este o aquel aspecto del mundo sino la frecuencia desde la cual el mundo entero fue organizado.


Lo que la mayoría de las personas experimenta como malestar individual — esa fatiga que no se explica por las circunstancias concretas, esa dificultad para encontrar motivación dentro de las narrativas disponibles, esa sensación de que algo falta sin que se pueda identificar qué, esa distancia creciente entre lo que la vida ofrece y lo que algo más profundo necesita — no es un problema personal que se resuelve con terapia, con un cambio de trabajo, con una práctica espiritual o con más autoconocimiento. Es la experiencia somática, emocional y perceptiva de habitar una frecuencia que se satura. El cuerpo lo sabe antes que la mente. La percepción lo registra antes que el análisis. Y la insistencia en buscar soluciones individuales para lo que es un proceso civilizatorio produce exactamente lo que se observa en la cultura contemporánea — una industria masiva de bienestar, desarrollo personal, terapia, coaching, espiritualidad y optimización del ser que crece exponencialmente sin resolver el malestar de fondo, porque el malestar de fondo no pertenece al nivel donde esas intervenciones operan.


El malestar que millones experimentan como problema personal es la experiencia somática y perceptiva de habitar una frecuencia civilizatoria que ha llegado al límite de lo que puede contener.

Esto no significa que nada pueda hacerse ni que el proceso sea puramente pasivo. Significa que lo que puede hacerse opera en un registro diferente al que la cultura contemporánea reconoce como acción. No se trata de reparar el mundo viejo ni de construir el mundo nuevo según un plan predefinido. Se trata de algo anterior y más fundamental — desarrollar la capacidad de percibir lo que está ocurriendo desde un nivel que los instrumentos habituales no alcanzan, para poder habitar la transición con lucidez en lugar de con pánico, con la capacidad de distinguir lo que muere de lo que nace, lo que se recicla de lo que muta, lo que agoniza disfrazado de novedad de lo que emerge sin forma aún porque pertenece a una frecuencia que la civilización no ha habitado antes.


El Frecuencialismo existe como respuesta a una necesidad que la pregunta misma revela.


Cuando millones de personas preguntan qué está pasando con el mundo y ninguna respuesta disponible les satisface, cuando la insatisfacción no proviene de ignorancia sino de una percepción genuina de que las respuestas no llegan al nivel del problema, entonces lo que se necesita no es una respuesta mejor dentro de los marcos existentes sino un instrumento de percepción capaz de operar en el nivel donde el problema ocurre. Ese instrumento no es una teoría que compite con otras teorías. Es una arquitectura de percepción que permite ver la simultaneidad de lo que está ocurriendo como un proceso coherente — la saturación de una frecuencia y la emergencia de otra — en lugar de como un caos incomprensible frente al cual solo caben el pánico, la negación o la resignación.


La respuesta a qué está pasando con el mundo no cabe en una frase ni en un diagnóstico. Pero su dirección puede señalarse con precisión. Lo que está pasando es que el régimen perceptivo que organizó la experiencia humana durante los últimos siglos ha llegado al punto en que produce más contradicción que coherencia, más agotamiento que sentido, más fragmentación que conexión. Y lo que eso abre no es necesariamente una catástrofe — aunque la catástrofe es siempre una posibilidad cuando una frecuencia se satura sin que haya conciencias capaces de habitar la transición. Lo que abre es un umbral, un espacio entre lo que fue y lo que será, un territorio que no tiene mapa porque pertenece a una frecuencia que aún no se ha consolidado y que necesita, para consolidarse, algo que ningún análisis puede producir pero que la percepción, cuando se reorganiza, sí puede sostener — la capacidad de habitar lo que no tiene forma aún sin huir hacia las formas agotadas del régimen anterior.


Lo que se necesita no es una respuesta mejor dentro de los marcos existentes sino un instrumento de percepción capaz de operar en el nivel donde el proceso realmente ocurre.

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