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La identidad como frecuencia

Lo que somos no es lo que creemos ser

Yoly Romero | Fundadora del Sistema LumKa y el Frecuencialismo

2,110 palabras · Tiempo de lectura: aprox. 11 min

La pregunta por la identidad — quién soy, qué soy, desde dónde opero — ha sido formulada durante siglos como una pregunta por contenidos. Yoly Romero propone que la identidad no es un conjunto de contenidos sino una frecuencia, un patrón organizador que determina qué contenidos son posibles, y que la crisis de identidad que atraviesa la civilización contemporánea no se resuelve encontrando mejores contenidos sino reconociendo que la frecuencia misma desde la cual nos constituimos como sujetos está en proceso de mutación.

La civilización contemporánea vive una paradoja identitaria que merece ser formulada con toda su radicalidad. Nunca antes dispuso el ser humano de tantas opciones para construir su identidad — género, orientación, profesión, espiritualidad, estética, política, estilo de vida, comunidad de pertenencia, narrativa personal, todo eso se presenta como un campo abierto de elección donde cada persona puede, supuestamente, armar la versión de sí misma que desee. Y sin embargo, nunca antes fue tan masiva la experiencia de no saber quién se es, de sentirse fragmentado, de no reconocerse en la identidad que se ha construido, de experimentar una distancia entre lo que se muestra y lo que se siente que ninguna cantidad de autenticidad performada logra cerrar. La proliferación de opciones identitarias no ha resuelto la crisis de identidad — la ha profundizado. Y la ha profundizado porque la crisis no está en los contenidos de la identidad, no está en qué somos o en cómo nos definimos, sino en algo anterior y más fundamental — en la frecuencia desde la cual nos constituimos como sujetos, en el patrón organizador que determina qué tipo de identidad es posible, deseable, pensable.

El Frecuencialismo propone que la identidad, tal como la experimenta el sujeto contemporáneo, es el resultado de una frecuencia civilizatoria específica — la frecuencia del individuo autónomo que se autoconstruye a través de sus elecciones, que define quién es a partir de lo que hace, lo que piensa, lo que consume, lo que cree, lo que siente. Esa frecuencia no es universal ni eterna. Es un producto histórico tan específico como la democracia representativa o el capitalismo de mercado. Tiene un origen — las revoluciones burguesas, la Ilustración, la Reforma protestante, el surgimiento de la conciencia individual como valor supremo. Tiene un desarrollo — los dos siglos de construcción del yo moderno a través de la educación, la psicología, la literatura, la economía de mercado. Y tiene una saturación — el momento presente, donde la hipertrofia del yo como proyecto de autoconstrucción ha llegado a un punto en que la identidad se ha convertido en una carga, en una demanda incesante, en un trabajo que no termina nunca porque siempre hay otra versión de uno mismo que construir, otra narrativa que pulir, otra dimensión del ser que optimizar.

La crisis de identidad contemporánea no se resuelve encontrando mejores contenidos. Se resuelve reconociendo que la frecuencia desde la cual nos constituimos como sujetos está mutando.

Lo que casi nunca se dice — porque decirlo desestabiliza los cimientos de casi todos los discursos contemporáneos sobre la identidad — es que la identidad individual tal como la conocemos podría no ser la forma natural, definitiva o superior de ser humano, sino una configuración frecuencial que tuvo su época de vigencia, que produjo logros genuinos y que ahora muestra los signos de su agotamiento. Esto no significa que la individualidad sea una mentira ni que el yo deba ser abolido — esas formulaciones son reacciones extremas que operan dentro de la misma frecuencia que intentan superar. Significa algo más preciso y más difícil de asimilar — que lo que experimentamos como nuestra identidad más íntima, eso que sentimos como el núcleo irrenunciable de quienes somos, es una organización, una configuración, un patrón que fue instalado por una frecuencia civilizatoria y que puede reorganizarse cuando esa frecuencia cambia.

La experiencia que muchas personas describen hoy — esa sensación de no reconocerse, de que la vida que viven ya no les pertenece aunque ellas mismas la construyeron, de que hay algo más profundo que el yo conocido pidiendo espacio — no es un síntoma psicológico que haya que tratar ni una fase de desarrollo que haya que superar ni una crisis de la mediana edad que se resuelve con un cambio de rumbo. Es la manifestación perceptiva de una frecuencia identitaria que se está saturando. El yo que conocemos — el yo que narra, que planifica, que gestiona, que se define por sus atributos y sus logros — está llegando al límite de su capacidad de producir sentido.

El Sistema LumKa distingue entre identidad de contenido e identidad de frecuencia, y esa distinción es clave para comprender lo que está ocurriendo. La identidad de contenido es todo aquello que forma el catálogo de atributos de una persona — su historia, sus roles, sus creencias, sus preferencias, sus traumas procesados, sus logros acumulados, la narrativa que ha construido sobre sí misma. La identidad de frecuencia es la configuración perceptiva desde la cual todos esos contenidos son organizados, experimentados y vividos. Dos personas pueden tener contenidos identitarios completamente diferentes — una es artista y la otra es ingeniera, una es espiritual y la otra es atea, una es introvertida y la otra es extrovertida — y sin embargo operar desde exactamente la misma frecuencia identitaria si ambas se constituyen como sujetos de la misma manera.

Dos personas con contenidos identitarios opuestos pueden operar desde la misma frecuencia identitaria si se constituyen como sujetos de la misma manera.

La transformación identitaria tal como la entiende la cultura contemporánea opera casi siempre en el nivel de los contenidos — cambia la historia que la persona cuenta sobre sí misma, modifica sus creencias, redefine sus roles, procesa sus traumas, reconfigura sus relaciones. Todo eso tiene un valor legítimo y puede producir alivio genuino. Pero no toca la frecuencia. La persona emerge del proceso terapéutico o del retiro espiritual o de la crisis existencial con una identidad de contenido diferente pero con la misma identidad de frecuencia — sigue constituyéndose como sujeto de la misma manera, sigue organizando la experiencia alrededor del mismo patrón, sigue siendo un yo que se autogestiona, que se narra, que se evalúa, que se proyecta. Los contenidos han cambiado. La frecuencia no.

Lo que el Frecuencialismo identifica como la transformación real de la identidad no es un cambio de contenidos sino un cambio de frecuencia — un desplazamiento en la configuración perceptiva desde la cual el sujeto se constituye. Ese desplazamiento no se elige ni se programa ni se logra mediante esfuerzo. Se permite cuando las condiciones están dadas — cuando la frecuencia anterior se ha saturado lo suficiente, cuando el sujeto ha dejado de resistir el agotamiento y ha comenzado a habitarlo, cuando la necesidad de definirse, de saber quién es, de tener una identidad estable y gestionable se ha agotado junto con la frecuencia que la sostenía. Lo que emerge entonces no es un yo más evolucionado ni un yo más auténtico ni un yo más espiritual. Es algo para lo cual la palabra yo puede resultar inadecuada — una forma de presencia que no se organiza alrededor de atributos sino alrededor de percepción, que no se define por lo que es sino por lo que puede percibir.

Esa forma de identidad — si aún podemos llamarla identidad — no es fija ni fluida en el sentido que esos términos tienen actualmente. No es la identidad sólida del sujeto moderno que sabe quién es y se mantiene fiel a sí mismo. Tampoco es la identidad líquida del sujeto posmoderno que cambia de forma según el contexto y celebra la ausencia de centro como libertad. Es algo que no tiene aún un nombre adecuado porque pertenece a una frecuencia que la civilización no ha habitado antes a escala masiva — una identidad que tiene centro pero cuyo centro no es un contenido sino una capacidad perceptiva, una atención que puede acoger diferentes contenidos sin identificarse con ninguno de ellos.

Lo que emerge no es un yo más evolucionado. Es una forma de presencia que no se organiza alrededor de atributos sino alrededor de percepción.

La implicación política de esta lectura es considerable, aunque rara vez se formula. Si la identidad es frecuencia y no contenido, entonces las guerras identitarias que dominan el espacio público contemporáneo — las luchas por el reconocimiento, por la representación, por la visibilidad de identidades marginadas — operan, con toda su legitimidad en el plano de los derechos, dentro de la misma frecuencia identitaria que produjo la marginación original. No porque esas luchas sean erróneas sino porque están luchando por el derecho a ser reconocidas dentro de un régimen identitario cuya estructura misma es el problema. La inclusión dentro de un sistema cuya frecuencia organiza la identidad como propiedad, como proyecto, como capital simbólico, no resuelve la cuestión de fondo aunque resuelva injusticias concretas.

El Frecuencialismo no se opone a ninguna identidad ni a ninguna lucha por el reconocimiento. Señala algo diferente — señala que más allá de la justa distribución de los derechos identitarios dentro del régimen actual, hay una transformación más profunda en curso que afecta al régimen mismo, a la frecuencia desde la cual toda identidad es constituida. Y esa transformación no se juega en el terreno de la política de la representación sino en el terreno de la percepción — en la capacidad de cada ser humano de descubrir, debajo de todos los contenidos que lo definen, la frecuencia desde la cual esos contenidos son organizados, y de permitir que esa frecuencia se reorganice no según un programa ideológico sino según la dinámica orgánica de una conciencia que está, en este momento de la historia, siendo empujada más allá de los límites de todo lo que hasta ahora había aprendido a ser.

Más allá de la justa distribución de derechos identitarios, hay una transformación que afecta al régimen mismo desde el cual toda identidad se constituye.

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