La ilusión de la elección en un sistema saturado
- Yoly Romero

- hace 24 horas
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Libertad, identidad y la trampa del menú infinito
Yoly Romero | Fundadora del Sistema LumKa y el Frecuencialismo
2,080 palabras · Tiempo de lectura: aprox. 11 min
La civilización contemporánea se sostiene sobre una promesa que rara vez se examina con la radicalidad que merece — la promesa de que elegimos. Elegimos qué ser, qué creer, qué consumir, a quién amar, cómo vivir. Yoly Romero argumenta que esa promesa es la forma más sofisticada de captura que el régimen perceptivo actual ha producido, y que la verdadera cuestión no es qué elegimos sino desde qué frecuencia creemos estar eligiendo.
La capacidad de elegir se ha convertido en el valor supremo de la civilización contemporánea, en el eje sobre el cual gira no solo la organización económica y política sino la construcción misma de la identidad. Somos lo que elegimos — esa es la premisa tácita que organiza desde las decisiones de consumo hasta las orientaciones existenciales más profundas. El mercado ofrece opciones infinitas. La cultura celebra la autodeterminación. La psicología contemporánea trabaja para expandir la capacidad de elección consciente del individuo. La política democrática se legitima sobre el acto de elegir representantes. Incluso la espiritualidad contemporánea se ha organizado como un mercado de opciones donde cada persona puede armar su propio menú de prácticas, creencias y experiencias trascendentes a la medida de sus preferencias individuales. La elección no es simplemente algo que hacemos dentro de esta civilización — es aquello que esta civilización dice que somos, el acto que nos constituye como sujetos, la operación que nos distingue de los autómatas, de los animales, de las máquinas, de todo aquello que funciona sin el privilegio de la autodeterminación.
Pero hay una pregunta que la celebración de la elección necesita esquivar constantemente para seguir funcionando, y esa pregunta es de una simplicidad devastadora — ¿desde dónde elegimos? No qué elegimos, no cómo elegimos, no cuántas opciones tenemos disponibles, sino desde qué configuración perceptiva, desde qué estructura del deseo, desde qué patrón organizador de la experiencia ejercemos eso que llamamos elección. Porque si la estructura desde la cual elegimos ha sido configurada por la misma civilización que nos presenta las opciones, entonces la elección no es el acto de libertad que pretende ser sino una función del sistema — una operación que el sistema necesita para perpetuarse y que el sujeto necesita creer que es libre para que el sistema pueda seguir extrayendo de él la energía, la atención y la obediencia que requiere.
La verdadera cuestión no es qué elegimos. Es desde qué configuración perceptiva creemos estar eligiendo.
El Frecuencialismo distingue entre dos planos que la cultura contemporánea confunde sistemáticamente — el plano de los contenidos y el plano de la frecuencia. Los contenidos son las opciones, las narrativas, las identidades, las posiciones, los productos, las experiencias — todo aquello que circula dentro del sistema y que puede ser elegido, combinado, sustituido, descartado. La frecuencia es la estructura organizadora que determina qué contenidos son visibles, deseables, concebibles. Es el campo dentro del cual la elección opera. Y aquí está lo decisivo — los contenidos pueden variar infinitamente sin que la frecuencia cambie en absoluto. Un individuo puede pasar del capitalismo al anticapitalismo, de la religión al ateísmo, del consumismo al minimalismo, de la terapia convencional a la medicina ancestral, y seguir operando exactamente desde la misma frecuencia si lo que cambia son los contenidos pero no la estructura desde la cual esos contenidos son procesados, evaluados y vividos.
Esta es la razón por la cual tanta transformación personal produce tan poca transformación real. No porque las personas sean insinceras ni porque los procesos terapéuticos o espirituales sean fraudulentos, sino porque la mayoría de esos procesos operan en el nivel de los contenidos — cambian las creencias, los hábitos, las narrativas, las relaciones — sin tocar la frecuencia desde la cual todos esos elementos son organizados. El resultado es lo que podríamos llamar una rotación de contenidos dentro de una frecuencia estable — la persona se siente diferente, se narra diferente, se presenta diferente, pero la estructura profunda desde la cual percibe, desea y se relaciona con la existencia permanece intacta. Y con el tiempo, inevitablemente, los nuevos contenidos comienzan a funcionar exactamente como los viejos, porque están siendo procesados por el mismo sistema organizador.
La cultura del menú infinito — esa hipertrofia de opciones que define la experiencia contemporánea — es la expresión más clara de este fenómeno. Nunca antes una civilización ofreció tantas opciones de vida, de identidad, de consumo, de creencia, de experiencia. Y nunca antes una civilización produjo tanta uniformidad profunda bajo tanta diversidad superficial. Porque la diversidad opera en el nivel de los contenidos — lo que la gente come, viste, cree, consume, practica es extraordinariamente variado. Pero la frecuencia desde la cual todos esos contenidos son elegidos, experimentados y descartados es sorprendentemente homogénea. Es la frecuencia del individuo que se autoconstruye a través de sus elecciones, que mide su libertad por la cantidad de opciones disponibles, que gestiona su identidad como un proyecto de optimización continua y que experimenta cualquier limitación de sus opciones como una amenaza existencial.
Nunca antes una civilización ofreció tantas opciones. Y nunca antes produjo tanta uniformidad profunda bajo tanta diversidad superficial.
El Sistema LumKa trabaja esta cuestión no como crítica cultural sino como lectura frecuencial de la condición humana contemporánea. Lo que señala no es que la elección sea una mentira — señala algo más preciso y más difícil de asimilar, que es que la elección, tal como está configurada dentro de la frecuencia dominante, es una función del sistema y no un acto de libertad respecto al sistema. La diferencia es fundamental. Un acto de libertad genuino no consiste en elegir entre opciones preconfiguradas dentro de un campo perceptivo dado. Consiste en modificar el campo perceptivo mismo — en acceder a una frecuencia desde la cual lo que antes era invisible se vuelve visible, lo que antes era impensable se vuelve pensable, lo que antes ni siquiera aparecía como opción emerge como posibilidad real. Y eso no se logra eligiendo más ni eligiendo mejor dentro del menú existente. Se logra saliendo del menú, lo cual no es un acto de voluntad sino un acontecimiento perceptivo que se produce cuando la frecuencia dominante ha sido suficientemente saturada, suficientemente agotada, suficientemente transparentada como para que el sujeto deje de confundirla con la realidad.
Hay una dimensión de esto que tiene implicaciones políticas profundas y que merece ser formulada con claridad. La democracia liberal contemporánea se ha construido sobre el supuesto de que la libertad consiste en la capacidad de elegir entre opciones dentro de un marco dado. Ese supuesto ha producido logros genuinos — protección de derechos individuales, pluralismo, limitación del poder arbitrario. Pero también ha producido una ceguera específica, que es la incapacidad de cuestionar el marco mismo dentro del cual las opciones son presentadas. La democracia tal como la conocemos puede procesar conflictos entre posiciones — izquierda y derecha, progresismo y conservadurismo, individualismo y colectivismo. Lo que no puede procesar es la posibilidad de que todas esas posiciones operen dentro de una misma frecuencia y que, por lo tanto, la alternancia entre ellas no produzca cambio real sino oscilación dentro de un mismo campo. La polarización contemporánea — esa intensificación del conflicto que no resuelve nada y que parece alimentarse a sí misma — es el síntoma más visible de este agotamiento.
La libertad como la entiende el Frecuencialismo no se opone a la libertad política ni la sustituye. Opera en otro plano — un plano que precede a la política y que, si no se trabaja, convierte a toda política en una gestión de síntomas. La libertad frecuencial no es la libertad de elegir dentro de un campo. Es la capacidad de percibir el campo como campo — de ver la frecuencia en la que estamos inmersos como una configuración entre otras posibles, no como la naturaleza inevitable de las cosas. Y esa percepción, cuando se produce, no es un acto intelectual sino un desplazamiento ontológico que modifica la relación del sujeto consigo mismo, con su deseo, con su identidad, con su forma de habitar el tiempo y el espacio.
La libertad frecuencial no consiste en elegir dentro del campo. Consiste en percibir el campo como campo.
Lo que esto implica para la vida cotidiana es menos abstracto de lo que parece. Implica la posibilidad de habitar la experiencia sin la compulsión de elegir constantemente — sin la ansiedad que produce el menú infinito, sin la culpa de no estar aprovechando todas las opciones, sin la sensación de que si no estamos eligiendo no estamos viviendo. Implica descubrir que hay una forma de estar en el mundo que no se organiza alrededor de la elección sino alrededor de la percepción — una forma que no necesita acumular opciones para sentirse viva, que no necesita construir identidad para sentirse real, que puede habitar la experiencia con una densidad y una presencia que la compulsión electiva imposibilita precisamente porque la mantiene siempre en movimiento, siempre seleccionando, siempre comparando, siempre buscando la siguiente opción que la confirme.
La saturación del sistema de elección es uno de los signos más claros de la saturación civilizatoria general. No es accidental que la parálisis por análisis, la fatiga decisional, la ansiedad ante las opciones, el arrepentimiento crónico de las decisiones tomadas y la incapacidad de comprometerse con nada de manera sostenida sean epidemias de nuestra época. Son los síntomas de un sistema que ha llevado la lógica de la elección hasta su saturación y que, en ese punto, produce exactamente lo contrario de lo que prometía — en lugar de libertad, produce parálisis; en lugar de identidad, produce fragmentación; en lugar de sentido, produce un vacío que ninguna elección logra llenar porque el vacío no es un problema de contenido sino un problema de frecuencia.
Y es ahí, en ese vacío que ninguna elección llena, donde se abre — paradójicamente — la posibilidad de una libertad que la civilización de la elección no puede ni siquiera concebir. Una libertad que no consiste en elegir sino en ser. No en seleccionar entre versiones de uno mismo sino en habitar una presencia que precede a toda versión y que no necesita ser elegida porque no es una opción — es la condición que hace posible toda opción. Acceder a esa condición no es un logro ni una conquista. Es, si acaso, una rendición — la rendición de la compulsión electiva que nos mantiene girando dentro del menú para permitir que algo que no sabíamos que existía, porque no figuraba en ningún menú, se haga presente.
La saturación del sistema de elección no produce libertad. Produce parálisis. El vacío que ninguna elección llena no es un problema de contenido sino de frecuencia.
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